Después de leer El loro de Flaubert, siempre quise poner en mis talleres una obra de Julian Barnes (Reino Unido 1946) ¿Por que no elegí esa? Porque más que una novela, El loro de Flaubert, es una reflexión sobre el quehacer literario: Barnes comparte su pasión por Gustave Flaubert, investiga hechos claves sobre su vida, su escritura, su obra, su soledad. Parece un ensayo, pero no lo es porque Barnes crea un personaje de ficción que es quien se encarga de “seguir” a Flaubert. Se preguntará, también, qué buscan los críticos, o quizá mejor dicho: por qué los críticos se detienen en detalles sin importancia y de ellos extraen y elaboran argumentos innecesarios para el disfrute de las obras, sin añadir valor al conjunto.
Elijo entonces, La única historia, novela publicada en 2018, En ella tenemos elementos que serían, para cualquier crítico, una fiesta: tres voces narrativas, tres capítulos que marcan tres etapas de una vida y además, una historia rocambolesca: un joven de 19 años se enamora de una mujer de 48. El relato está lleno de reflexiones, animadas por el deseo del protagonista, ya mayor, de entender su pasado, y sobretodo, su amor por una mujer que le llevaba 30 años. Pasada su juventud, decide analizar los sentimientos que experimentaba y que describe con detalle, incluida su falta de perspectiva (a causa de su juventud) para enterarse de muchas cosas que sucedieron, algunas de las cuales se le escapaban sin que él consiguiera captar su significado. Hubo mucho dolor cuando ella se alcoholiza, situaciones con difícil resolución cuando ambos amantes intentan llevar una vida en común lejos de su entorno. Sin embargo nada de esto es procesado como la expresión de un capricho juvenil, más bien, a este romance lo define como la única historia de amor que tuvo en su vida.
PRIMERA PARTE
En este capítulo hay mucho juego: Paul se encuentra en un partido de tenis en el club cercano a la casa de sus padres, a donde acababa de ingresar como socio, con Susan. Poco sabremos qué lo atrajo de ella, si fue un aletazo de libertad, ganas de enfrentar a su familia y a su entorno, o simplemente dejarse llevar por una mujer divertida y original que siempre reía; tan original, que lo introduce en su propia casa, donde viven su marido y sus dos hijas universitarias mayores que Paul. El cuadro es difícil de tragar, Paul no da explicaciones (¿el amor las tiene?) pero nos ofrece el testimonio de su aventura que una vez iniciada no puede, ni quiere, cortar. Barnes elige un argumento arriesgado: no son 10 ni 20 años, son 30! Y que ella siga el juego como si fuera lo más natural del mundo, casi diría como una travesura, resulta, por lo menos, sorprendente. Es más fácil detectar el entusiasmo de Paul que el de Susan, ella sigue viviendo en su entorno familiar y al principio, no parece querer dejarlo. Ridiculiza a su marido delante de Paul, se ríe de su aspecto, tampoco es cercana a sus dos hijas universitaria. Susan es una mujer atrevida, despistada, con ganas de marcha; ignora las consecuencias de sus actos, tampoco exige nada, simplemente disfruta de esta nueva relación sin cuestionar las circunstancias que la rodean. A veces, parece de la misma edad que Paul. Tampoco es una mujer deslumbrante, ni por su físico, ni por las actividades que realiza (¿algo más además del tenis?), ni por su conversación, salvo algunos chispazos. Creo que la única característica de esta señora que no se le escapa al lector, es su excentricidad.
Es más fácil captar a Paul: cree que esta aventura, con el riesgo que implica y los peligros que conlleva, es un regalo de la vida que ha sabido atrapar. Ignora el precio que pagará , simplemente se deja llevar. El rompimiento con su mundo es un elemento importante, son sus padres quienes “lo introducen” en el club de tenis, él utiliza la oferta respondiendo con una trasgresión:
«Por supuesto, su perspectiva básica, como se ha señalado anteriormente, era que en el club de tenis conocería a una bonita Christine o Virginia cuyo carácter conciliador y optimista habría sido de su gusto. Y luego habría un noviazgo como es debido, seguido de una boda como se debe y la luna de miel correspondiente, que traería nietos como Dios manda. Pero en vez de eso, yo me había inscrito en el club de tenis y había vuelto con Susan Macleod, una mujer casada de la vecindad y con dos hijas mayores que yo…» (pág. 31).
Es su primer amor y está marcado con fuego. ¿De qué naturaleza es ese fuego? Esa es la gran pregunta: ¿Susan despierta en él ternura?, ¿la siente vulnerable y por ello intenta protegerla?, ¿o simplemente le gusta y decide entregarse al romance con ánimo de romper con su vida pasada y descubrir un mundo nuevo, más atractivo? Por más que reflexiona sobre muchas cosas, Paul no nos abre su corazón, su mirada está obnubilada por Susan y el vendaval de sentimientos que experimenta a raíz del encuentro. El resto no existe: ni la universidad, ni su familia, ni sus compañeros, ni siquiera el tenis que ha tenido que cancelar.
En esta primera parte, el narrador utiliza la primera persona. Paul nos cuenta su vida desde el día que conoce a Susan, y él será nuestro único filtro: a Susan la conocemos (si llegamos a conocerla) por lo que él nos dice de ella, tenemos una visión sesgada, el punto de vista le pertenece exclusivamente a él. Ciertos detalles, como los apodos que Susan le pone a su marido (Pantalón de Elefante) y a sus dos hijas (La Gruñona y la No Gruñona) los sabemos por Paul, jamás oímos a Susan referirse a sus hijas así. Pero no dudamos que esos apodos sean auténticos y creados por ella con cierto aire burlón.
A veces, el narrador, utiliza también la segunda persona. El “tú”, crea atmósfera de confidencialidad incluyendo al lector como él elegido para esas confesiones. El cambio favorece un ambiente más íntimo, propio de grandes revelaciones:
“Pero de lo que más me gustaría hablarte es de sus orejas. No me fijé la primera vez que las vi…” (pág. 58).
Pero en general, en este capítulo, la segunda persona interpela a Paul, en esos momentos el discurso se convierte en un diálogo interior:
“Ajá, quizá digas, pero decirle a Susan que su hija era para ti como una madre sustituta ¿no era toda una confesión? Puedes alegar que no era sincera, pero ¿acaso no hacemos bromas todos para aplacar nuestros miedos íntimos? Susan tenía casi la misma edad que tu madre y te acostabas con ella. ¿Entonces?” (pág. 58).
SEGUNDA PARTE
Este capítulo comienza en el mismo tono festivo del primero: gracias a un fondo que tenía Susan, de procedencia desconocida, Paul y ella se van a vivir a Londres, compran una casa desvencijada que ellos arreglan. En realidad, es Paul quien se ensucia las manos en esta tarea, Susan es una compañera contemplativa. El enamorado, organiza su nueva vida y elige estudiar Derecho, una decisión práctica:
“El trabajo sería algo para ir tirando; el amor sería mi vida.” (pág. 102).
Viviendo en esta suerte de retiro, Paul comparte su experiencia personal, poco sabemos de Susan: ¿qué hace?, ¿cómo pasa el tiempo?, ¿qué piensa de su nueva vida?, ¿extraña su vida anterior?, ¿tiene planes? Los planes de Paul quizá no coincidían con los suyos. Él lo tiene muy claro:
“Me había concentrado únicamente en Macleod, en alejarlo de Susan, y ahora, desde una distancia segura, en divorciarlo de ella. Susan tenía que eliminar aquel error de su vida y procurarse la libertad tanto moral como jurídica para ser feliz. Y ser feliz consitía en vivir conmigo, sola y sin cadenas.” (pág. 104).
Y de pronto, tenemos un giro importante en el desarrollo de la trama: irrumpe un recuerdo de Paul, una escena violenta que sucedió en uno de aquellos días que solía pasar la noche en casa de los Macleod. El marido irritado lo golpea, lo humilla, se burla de él. Paul sale corriendo, actitud poco valiente. Huye, y no le dice nada a Susan de lo sucedido. Aparecen los silencios, información importante que no comparten, al contrario: la ocultan. Percibimos entonces que la armonía es sólo aparente. Aparecen datos de Susan como mujer maltratada: Macleod le rompe los dientes al propinarle un golpe contra la puerta, ella intentó esconder el hecho brutal. Aunque luego le develará a Paul otras escenas de abusos: golpes, humillación, exceso de bebida, etc. Nada de esto fue comunicado cuando sucedía. Cada uno guardaba lo suyo, aquello que era desagradable, aquello que no correspondía con la historia de amor, lo feo y violento, se excluía. Paul se confiesa a sí mismo:
“Te quedas atónito. Pensabas que no tenías nada que ver con la ruptura del matrimonio Macleod; no era más que el extraño que había señalado lo que habría sido evidente para cualquiera. Sí, te enamoraste de ella; sí, te fugaste con ella; pero eso fue la consecuencia, no la causa.” (pág. 122).
Susan comienza a ir con alguna frecuencia a la casa familiar de dónde escapó, miente para despistar a Paul, rápidamente se instala en ella el hábito de la bebida, adicción que va in crescendo, y una dependencia de su ex marido que su enamorado no puede comprender. Es joven e iluso y le cuesta confrontar el deterioro de Susan. Consciente de su enfermedad la lleva al médico, ella se presenta con heridas alegando que se ha caído, Paul necesita aclararse, se mira en el espejo:
«… Que tú sepas, Susan solo bebía ocasionalmente mientras vivió con Macleod. Pero ahora que vive contigo es –se ha vuelto, se está volviendo aún- una alcohólica. Es demasiado para que lo asumas totalmente, y no digamos para soportarlo». (pág. 137).
En esta segunda parte, la más lúcida de todas, el narrador usa menos la primera persona, recurre con mayor frecuencia a la segunda: el discurso narrativo se convierte en una interpelación a sí mismo: ¿cómo no has sido TÚ capaz de comprender lo que estaba sucediendo? Tenemos aquí reflexiones memorables, que no son fruto de una cabeza joven, son más bien el cuestionamiento de un hombre maduro:
“El sexo triste es cuando la pasta de dientes dentro de la boca de Susan no encubre del todo el olor del jerez dulce y ella susurra: “Alégrame, Casey Paul.” Y la complaces. Aunque alegrarla a ella también supone entristecerte tú.
El sexo triste es cuando ya está dopada por una píldora antidepresiva pero tú piensas que si la follas quizá la animes un poco más.
El sexo triste es cuando tú mismo estás tan desesperado, la situación es tan insoluble, la prehistoria tan opresiva, tu propio equilibrio anímico tan incierto de un día para otro, que piensas que bien podrías dejarte ir con el sexo durante unos minutos, durante media hora. Pero no te dejas ir, ni cambia tu estado de ánimo, ni siquiera durante un nanosegundo.
El sexo triste es cuando notas que estás perdiendo todo contacto con ella, y ella contigo, pero que es el medio de deciros mutuamente que la conexión existe todavía de algún modo; que ninguno de los dos va a abandonar al otro, aun cuando una parte de ti cree que deberías. Después descubres que insistir en esa conexión es lo mismo que prolongar la pena.
El sexo triste es cuando estás haciendo el amor con una mujer mientras piensas en la forma de matar a su marido, aunque nunca serías capaz de hacerlo porque no eres esa clase de persona. Pero al igual que tu cuerpo no se detiene, tampoco tu pensamiento; te ves pensando: sí, si lo sorprendieras estrangulando a Susan, te figuras que lo golpearías con una pala en la nuca, o que lo apuñalarías con un cuchillo de cocina, si bien comprendes que, en vista de tu ineptitud con los puños, podría suceder que la pala o el cuchillo resbalasen y en vez del cuerpo de Gordon acabaran hiriéndola a ella. Entonces este relato paralelo en tu cabeza se desquicia todavía más y te plantea que si fallaras el ataque a Gordon y en su lugar la alcanzases a ella podría ser porque secretamente querías lastimarla, puesto que Susan -esta mujer desnuda ahora debajo de ti- te ha metido en este cenagal insoluble en una etapa tan temprano en tu vida.
El sexo triste es cuando ella está sobria, los dos os deseáis, sabes que tú la amarás siempre a pesar de todo y que ella te amará siempre a pesar de todo, pero tú –los dos, tal vez- comprendes ahora que amarse el uno al otro no necesariamente conduce a la felicidad. Y por eso hacer el amor se ha convertido no tanto en una búsqueda de consuelo como en un intento vano de negar vuestra desdicha recíproca.” (pág. 141-2).
Paul insiste en ayudarla, la lleva al psiquiatra, observa desconsolado los cambios de Susan, repasa sus sentimientos y la dependencia de ese amor destructivo, contempla la batalla interior que la adicción de Susan ha generado en su vida. La lealtad de este joven es conmovedora, igual que su entrega y su empeño en rehabilitarla. Y al mismo tiempo, su buena disposición la percibe como otra virtud que lo adorna: gracias a esta situación límite, su vida es más interesante y rompedora que la de cualquier chico de su edad, piensa Paul. Constatamos su faceta romántica e idealista: querer alumbrar la tragedia y sacar partido de su propio dolor. Al final de esta segunda parte, Paul es un personaje más complejo de lo que era al comienzo de la historia con Susan. Y a pesar de que intenta entablar nuevas relaciones, caso de Anna, por ejemplo, se estrella con la realidad que Anna señala sin piedad: cataloga a Susan de loca.
TERCERA PARTE
Para cerrar la historia, Barnes elige la tercera persona. Con este cambio narrativo percibimos distancia, Paul ya no es quien narra, aparece una voz distinta, más fría, más cautelosa. El discurso pierde en intensidad, se evapora la complicidad, Paul ha perdido encanto, y ganas de comunicar. ¿Será porque finalmente abandona a Susan? Como era natural, dada la enfermedad, no quedaba otro camino, pero el enamorado renuncia a su esencia: la devoción incondicional a su primer amor. El hombre se desdibuja; curiosamente, mientras ella jugaba a desaparecer, él, en efecto, desaparece. Se convierte en un personaje que vive rememorando: su pasión por Susan, la relación de ella con su marido, la tendencia a la soledad que será la única recompensa de Paul, la dificultad de cuidar a una mujer extraviada en sus propios laberintos. Sin embargo ha sido capaz de organizar su vida: abandonó el Derecho y se dedica a temas administrativos, viaja mucho, se muda de país con cierta frecuencia, y termina con un negocio de quesos, un trabajo apacible, quizá reconfortante.
Vale la pena preguntarse a estas alturas: ¿sabemos quién es Paul? En esta tercer parte sí, porque el protagonista se reconstruye. Su pasión por Susan fue una obsesión, alimentada por su deseo de romper moldes, un espíritu intrépido; las risas de Susan, que tanto celebra, estimulaban su lado lúdico y travieso: le gustaba esa cualidad irrespetuosa y poco reflexiva de ella. Sospecho que Susan ya era una mujer poco cuerda cuando Paul la conoció: solamente el hecho de llevarlo a su casa donde están su marido y sus hijas, parece más que una provocación. Tampoco se comunica bien con él, ni se muestra especialmente cariñosa o maternal, que hubiera sido una faceta natural en esta relación. Si bien es cierto que el punto de vista es siempre el de Paul, ella no es un personaje muy delineado, su” locura” no aparece como tal porque Paul no la percibe, la confunde con su atractivo. Cuando se alcoholiza, el desconcierto de Paul es auténtico y el desconcierto del lector también, porque él como narrador no nos orientó, no baraja causas ni detalles, sólo excusa a Susan. El gran protagonista de La única historia será él: su lealtad, su desprendimiento, su nobleza y su equilibrio para alejarse cuando se da cuenta que no hay nada que pueda hacer por aliviarla, lo describen.
LOS SILENCIOS
Julian Barnes trabaja con maestría los silencios. En realidad, la historia se cuenta con unos pocos retazos: muchas cosas quedan en el aire: sólo sabemos lo que Paul quiere que sepamos; y cuando él decida que es el momento oportuno para compartirlo. Hay muchos huecos, y ese recurso, en vez de restar contenido, añade. La historia de amor de Susan y Paul sólo puede convencernos de esta manera, la falta de lógica la suple la atmósfera creada alrededor: el club de tenis, la casa de los Macleod en el Village, y la casa en Londres en Henry Road. No hay más: cuando pasean, van en coche, están con amigos, en un parque besándose, o cuando Paul va a la universidad y más tarde a la oficina, no los vemos, los perdemos de vista. Tampoco somos testigos de sus encuentros amorosos, el contacto físico está fuera de nuestra visión. Ni qué decir los momentos que Susan y su marido hablan, discuten, pelean, o beben. No quiero decir que La única historia es como una película que ha recortada la censura, ¡no! En este caso los recortes han sido concebidos para sugerir cosas.
Susan, es un personaje inasible, pero es también un personaje creíble. Esa es la magia de Julian Barnes. Las razones para el cambio de Susan -mujer que no bebe-, a Susan -mujer alcohólica-, no se exponen en la novela. Los lectores barajamos sospechas: ¿que fuera de su entorno conocido se transtornó?, ¿que la presencia de su marido, a pesar de la violencia, la contenía? ¿que la falta de una actividad laboral la destruyó? (¡Pero si Susan no tenía otra actividad que conociéramos de su vida anterior en Sussex más que el tenis!) Entonces preguntémonos: ¿se necesita tener razones para destruirse? Me refiero a razones señalables, enumerables, concretas. Gracias a estos silencios sabiamente construidos, damos cabida a posibilidades que están en el aire, y éstas, incluso en el aire, sostienen la historia. Tampoco Paul describe a su mujer. Para haber sido un amor pasional, llama la atención las pocas menciones al cuerpo de Susan: sólo sabemos que mide cerca de 1.80 y que tiene unas orejas que Paul encuentra muy bellas. Eso es todo. Por supuesto que el físico no es lo único que cuenta, pero la seducción tienen un componente físico nada desdeñable. Incluso el hecho que mantengan relaciones en el cuarto de Susan, en una casa habitada por el marido y las hijas, merecería, por lo menos algún comentario, ya sea de la dificultad para tener privacidad o la evidencia de no tenerla. De las hijas de Susan tampoco tenemos información, muy pocos datos. El foco de atención es la pareja, y a veces Macleod, pero él sólo en función de la pareja. El resultado es un ambiente cargado, denso, extraño, que refleja el dolor del protagonista en este drama.
Hay varios temas interesantes que no quisiera dejar de mencionar:
- Susan define a su generación como una generación caduca. Esto tiene que ver con la guerra que se libró cuando Susan era joven: sus amigos se alistan, su hermano muere conduciendo su avión, etc. Aunque no se habla directamente del tema, es algo que dejó una herida en ella; Paul, en cambio, no la vivió.
- Paul sostenía que el amor era igual a la verdad. Pero tendrá que admitir que por amor todos, incluido él, decimos muchas mentiras. Desmonta su argumento juvenil al darse cuenta que a veces la verdad es más dolorosa que la verdad.
- Y Joan, la amiga de Susan, otro miembro de la generación decadente, gran personaje que acompaña y permite el desahogo de ambos enamorados. Ella también es alcohólica, y una mujer muy lista. Siempre señalando el dedo en la llaga.
Los textos han sido tomados de la edición de Anagrama. Traducción de Jaime Zulaika.