James Joyce (Dublín 1882- Suiza 1941) fue un escritor valiente y arriesgado en una búsqueda sin precedentes: rompió todos los moldes, convencido de la fuerza del lenguaje y sus enormes posibilidades. Narrar era una tarea, pero también un reto. Dublineses, sin embargo, su primera obra publicada en 1914 -después de años de censura- parece hoy un conjunto de relatos clásicos. Lo que luego experimentará a nivel de lenguaje en su obra más conocida, Ulises (1922) no tiene comparación con nada escrito antes ni después. La libertad absoluta que lo guió permite grandes cambios en las posibilidades creativas: elige diferentes géneros para cada capítulo, inventa palabras, utiliza un enorme bagaje cultural que le queda enorme a cualquier lector. A veces provocador, otras irrespetuoso, muchas irónico, pero siempre brillante. Hambre de narrar sin límites, ausencia de la tentación de gustar, más bien pretendía desatar en el lector un terremoto y por supuesto aceptaba el riesgo de ahuyentarlo.
Joyce es contemporáneo de Kafka, de Marcel Proust, de Thomas Mann, de Virginia Woolf, de William Faulkner; todos ellos grandes narradores del principio del siglo XX. La enorme influencia de Freud y su Interpretación de los sueños (1900), genera un cambio importante en la percepción de la realidad: las fantasías y sueños que se producen en el interior del hombre, tendrán el mismo nivel de realidad que aquellos actos que realizan en el mundo exterior; en consecuencia, la literatura comenzará a tratarlos con la soltura y el caos que son intrínsecos a ellos. Lo lineal y objetivo se mezcla con el desorden y la subjetividad. Lo mismo sucedió en la pintura, Picasso también nació en el mismo año que Joyce, “Las señoritas de Avignon” (1907), abrirá en ese campo perspectivas inimaginables. Fue una época de gran riqueza y las obras que se producen en esos años abren el camino a muchas posibilidades creativas hasta el día de hoy.
Los quince relatos de Dublineses forman un conjunto contundente. Salvo “Los muertos”, el valor de cada uno se potencia como parte del conjunto. Cada relato presenta situaciones características de la vida irlandesa en un intento de recrear la sociedad local: sus costumbres, sus pasiones, sus puntos fuertes, sus defectos y vicios. La religión católica será la columna vertebral de ese mundo, religión que se opone a la de sus vecinos ingleses, protestantes desde Enrique XVIII, ambos países en continuo enfrentamiento.
Hay cuatro ejes en los relatos de Joyce:
- La religión, presente en cada minuto de la vida de los personajes, una religión que marca pautas, exige, y es además excluyente. Se es o no se es católico. Desde pequeños, los niños de Dublineses están inmersos en ese mundo: los curas, las fiestas religiosas, las normas que rigen su educación; todas sus pautas están diseñadas por el catolicismo. Joyce estudió con los jesuitas, él conoce de cerca esa realidad: sus beneficios y sus defectos. En Retrato de un artista adolescente (1916)se explaya en esta formación: señala sus exigencias y sus aportes también.
- El alcoholismo, como una constante en la vida de los adultos. Aparece en cada relato, siempre como un refugio de la vida chata y miserable, pero también como lo que es: un vicio. El alcohol degrada a los personajes que gastan todo su dinero en la bebida, que se vuelven violentos y abusivos con los niños, las mujeres y los otros hombres. El alcoholismo es, en estos relatos, el vicio más frecuente, un escape culturalmente inevitable: pierden el trabajo por la bebida, pegan a la mujer y a los hijos por el alcohol, malgastan el dinero que costó esfuerzo conseguir, y también produce deterioro físico. Los bares son lugares comunes en estos textos, un refugio, pero también un lugar que permite el mal comportamiento y los excesos frente a sus obligaciones.
- La música como parte del alma irlandesa. Recuerdo haber estado en Dublín hace muchos años, y quedé impresionada por la cantidad de gente que tocaba su música en plena calle. Me sorprendió la llegada de familias en coches grandes, estacionar y luego instalarse en plena calle para tocar en grupo. Nunca había visto algo igual. Además, por supuesto, de los bares y otros locales que ofrecían música en vivo como parte de la oferta comercial. En estos relatos, la música es muchas veces el pretexto para reunirse, el motivo del encuentro, tiene un rol social que aglutina, y permite que fluya la belleza reparadora como el aire que se respira. Muchos de los personajes tocan instrumentos y/o cantan, poseen formación musical.
- La bronca con los ingleses, parte esencial de la política irlandesa de aquella época. El resentimiento con los vecinos viene de tiempos atrás. Desde el siglo XVII, los colonos ingleses fueron enviados a Irlanda para controlar el país. Después de la Gran Hambruna (1845-1852) la actitud de la Corona los enfrentó. Los agricultores católicos no eran dueños de sus tierras, ellos arrendaban a los propietarios ingleses y a pesar de la mala de cosecha, estaban obligados a mandar ganado y trigo a Inglaterra. La falta de patata, alimento básico de su alimentación, mató de hambre a una tercera parte de la población. Otros muchos irlandeses inmigraron a USA y Canadá. La hambruna y las enfermedades que esta situación produjo, dejó una huella irreparable y gran resentimiento.
- Dublín, eje y centro del mundo. Un Dublín provinciano, sin grandes expectativas, en donde la vida es rutinaria, gris, se intuyen pocas promesas en el horizonte. Parálisis es el término acuñado para Dublineses: falta de energía, falta de miras y falta de valor. Un país estancado. El relato “Evelyn” es un buen ejemplo de este sentir: quiero pero no puedo. El peso de la tradición ahoga la posibilidad de cambio. El miedo a lo desconocido inmoviliza.
“Todos los mares del mundo se agitaban en su seno.. Él tiraba de ella, la iba a ahogar. Se agarró con las dos manos a la barandilla de hierro.
-¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron frenéticas a la baranda. Dio un grito de angustia hacia el mar.” (pág. 36).
Los muertos
De lejos, el relato más profundo y perfecto en lo formal. La primera parte se desarrolla durante la celebración de una cena navideña entre un grupo de amigos y familiares. Una fecha en donde año tras año, se reúnen con sus mejores ropas, el mejor ánimo y ante una mesa llena de la mejor comida. Las conversaciones, en esta primera parte, son algo banales, el tipo de intercambio común entre gente conocida en un encuentro social sin grandes ambiciones. Salvo algunas descripciones, esta parte del relato, es puro diálogo. Aparece, por primera vez, el tema político cuando una amiga de Gabriel, lo critica por publicar en un periódico inglés: cuestiona su lealtad a Irlanda por este “desliz”, pero el enfrentamiento no trasciende, es sólo una señal de la sensibilidad de los dublineses. El resto de intercambios queda en segundo lugar: lo que domina la escena es la música que ejecutan algunos invitados. Esa música los une, los alegra. Afuera la nieve congela las calles.
La segunda parte del relato, es de una factura soberbia. Gabriel contempla a su mujer “poseída” por una canción, en realidad ella está poseída por un recuerdo, el amor desgarrador de un hombre. Una luz particular transforma la silueta de la mujer, parece tocada por un rayo sobrenatural, un estímulo muy potente que la convierte, para los ojos de Gabriel, en una mujer tremendamente atractiva:
-Echaría los brazos alrededor de sus caderas para obligarla a detenerse, pues le temblaban de deseo de poseerla y solamente la presión de sus uñas contra la palma de su mano mantenía bajo control el impulso de su cuerpo.” (pág. 196).
Contagiado por el estado de gracia, Gabriel siente renacer un deseo brutal, ganas irreprimibles de poseerla, de estar a solas con su ella en una entrega total. El marido ignora la razón del cambio producido, pero agradece el fuego encendido. Sueña, se prepara, se proyecta… pero ignora que nunca ha estado más lejos de su mujer. Como desconoce la razón del cambio, alimenta sus propias fantasías, ajeno al proceso desatado en ella. Este juego entre las intimidades, deseos y recuerdos de uno y otro, está descrito con maestría: se ha producido un corto circuito en ambos, pero no hay sintonía entre ellos, se mueven en territorios distintos, detalle que Gabriel desconoce hasta que se enfrenta a la realidad:
-Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato sin resentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en su vida: un hombre había muerto por su causa.” (pág. 202).
El muerto, aquel joven enfermo que arriesgó su vida para estar cerca de su amor, está más vivo que cualquiera de los otros personajes presentes en la fiesta. Su peso es mayor que el peso de todos los ahí reunidos. El muerto es quien rompe con la parálisis. Y la canción que lo trajo al presente, ha sido la Epifanía característica de Joyce: el momento de la revelación.
Aciertos estilísticos
Me detendré en dos de ellos: las descripciones y los diálogos.
-Las descripciones: cada personaje está descrito con detalle: postura, físico, la ropa que lleva, son deliciosas: precisas, las pinceladas muy visuales, los vemos entrar en escena en sus dos niveles: el exterior y el interior: la mirada, la expresión de la cara, los movimientos del cuerpo siempre reveladores:
E… Era rubicundo y rollizo. Usaba una gorra yatista echada frente arriba y la narración que venía oyendo creaba olas expresivas que rompían constantemente sobre su cara desde las comisuras de los labios, de la nariz y de los ojos. Breves chorros de una risa sibilante salían en sucesión de su cuerpo convulso. Sus ojos titilando con un contento pícaro echaban a cada momento miradas de soslayo a la cara de su compañero. Una o dos veces se acomodó el ligero impermeable que llevaba colgado de un hombro a la torera. Sus bombaches, sus zapatos de goma blancos y su impermeable echado por encima expresaban juventud. Pero su figura se hacía rotunda en la cintura, su pelo era escaso y canoso, y su cara, cuando pasaron aquella olas expresivas, tenía aspecto estragado.” (pág. 44).
“… Le decían Chico Chandler porque, aunque era poco menos que de mediana estatura, parecía pequeño. Era de manos blancas y cortas, frágil de huesos, de voz queda y manera refinadas. Cuidaba con exceso su rubio pelo lacio y su bigote, y usaba un discreto perfume en el pañuelo. La medialuna de sus uñas era perfecta y cuando sonreía dejaba entrever una fila de blancos dientes de leche.” (pág. 63).
“El hombre musitó un ¡”Maldita sea!” y echó atrás su silla para levantarse. Cuando lo hizo se vio que era alto y fornido. Tenía una cara colgante, de color vino tinto, con cejas y bigotes rubios: sus ojos, ligeramente botados, tenían los blancos sucios.” (pág. 77).
-Constantemente los personajes dialogan entre ellos. La historia aparece conforme se desarrolla la conversación. Es en este intercambio verbal cuando surge la trama: ya sea el hastío del trabajo, las ideas políticas, los problemas amorosos, los gustos musicales, las relaciones personales, los miedos al cambio, etc. Muchas veces son diálogos de apariencia banal que se producen en un contexto social, laboral, en el bar, en el desarrollo de actividades grupales, en los paseos por la ciudad. En Dublineses los diálogos son un vehículo importante. Lo que expresan los habitantes de Dublín determina el contenido de la obra. Por eso los diálogos aquí son claves, ocupan espacio, lo que dicen expresa lo que se hacen y lo que se piensan.
Edición de Bolsillo de Penguin Random House Grupo Editorial. Traducción de Guillermo Cabrera Infante. En mi opinión, a pesar de la pluma del escritor cubano, no me ha gustado esta traducción. Por momentos, me cuesta entender el sentido de la frase.